martes, 14 de septiembre de 2010

Irlanda, la patria del corazón.

Apenas cruzar el umbral de la portezuela del avión y comenzar a descender por la escalerilla noté el aliento frío de Irlanda, la “tierra del invierno” o Hibernia como la llamaron los romanos, era el uno de septiembre y dejába atrás el tórrido clima español. Al igual que mis compañeros había llevado colgada del brazo una chaqueta para evitar ocupar más sitio en la maleta y ahora el cuerpo nos pedía llevarla puesta, allí la temperatura debía ser como mínimo diez grados inferior a la de las cálidas tierras de Alicante donde embarcamos.





Ya desde la ventanilla del avión pude contemplar la isla y su verdor... también las tierras francesas ofrecían un espectáculo parecido de prados verdes, sin embargo se notó la diferencia de tonalidad cuando la aeronave sobrevoló la isla... y es que no hay una tierra tan verde como esta, incluso en un día nublado como aquel con el sol a medio gas.


Quedaban todavía algunas horas para ir al hotel, deshacer el pequeño equipaje y dar una vuelta por Dublín y sumergirnos en sus mágicas noches.


Dublín, primeras impresiones.


Me había hecho a la idea de ver una ciudad moderna, grande y cosmopolita aunque desde luego no esperaba que con su millón de habitantes aquello tuviese comparación con Madrid, Londres o París, pero sí al menos esperaba ver mucho cristal, cemento y acero junto con determinadas zonas “históricas”; en cambio me encontré con una ciudad que ha crecido a lo ancho, con pocos edificios altos y con una arquitectura tipo inglés omnipresente que le dota de un encanto especial. Quizás sea porque he salido poco de España y ando acostumbrado a los típicos edificios de bloques de pisos y al “feismo” que se impuso allá por los años setenta en nuestra arquitectura, tan vulgar, deshumanizada y condicionada por la escasez de suelo, pero lo cierto es que me produjo un impacto considerable el contemplar aquellas calles interminables con sus casitas dotadas de tejados a dos aguas, el uso masivo del ladrillo macizo y la piedra gris, todas esas fachadas de bajos comerciales pintadas en vivos colores y el uso de la madera antes que el frío metal.


Dublín al igual que otras ciudades de latitudes norteñas parece diseñada para aprovechar al máximo la luz y el calor habitualmente escaso. Me llamaron también la atención la ausencia de pasos de cebra como los españoles, hay zonas de paso para peatones con semáforos siempre cerrados al paso de los viandantes que necesitan ser activados mediante un botón, también me pareció una ciudad bastante limpia en comparación con las que suelo ver aquí aunque determinadas zonas por la noche no huelan demasiado bien debido a la aglomeración humana y el consiguiente depósito de desperdicios. El río Liffey fluye perezoso bajo los puentes de piedra que antaño vieron el paso de gabarras cargadas de cerveza Guinnes, esta marca de cerveza es toda una institución en Irlanda, especialmente en Dublín, y sus anuncios forman parte del paisaje urbano, allá donde haya un pub o cualquier local de copas vereis el logotipo negro con el arpa celta por todas partes.


La noche de nuestra llegada apenas pudimos hacer otra cosa que cenar en un supermercado, el horario Irlandés es diferente y allí se cena sobre las siete de la tarde, al igual que en Alemania y otros paises civilizados, hay que olvidarse del horario para mochuelos y vampiros que impera en nuestra soleada tierra donde la gente queda para cenar a las diez de la noche y sale de copas a las once o doce, el irlandés cena temprano y comienza a empinar el codo antes que el españolito de turno de modo que a las once y media van cerrando los pubs, quedando solo algunos, que poseen una licencia especial para ello, abiertos hasta eso de las dos o dos y media... un horario mucho más civilizado que el nuestro que parece haber sido diseñado para joder, con perdón, al prójimo.


Dublín de noche.


Durante el día Dublín es una ciudad como cualquier otra, con gentes atareadas marchando de aquí para allá, un tráfico denso, aunque mucho menos caótico que el de nuestras grandes ciudades y bastante menos ruidoso, apenas se escuchaba el cláxon de los vehículos... en comparación nuestro país es mucho más escandaloso, hasta nosotros hacemos mucho más ruido, creo que somos el segundo país más ruidoso del mundo tras Japón... otro motivo más para emigrar.


De noche el panorama cambia, las zonas de copas se ven invadidas por una multitud de turistas y lugareños que inundan literalmente la zona del Temple Bar, lugar de visita inexcusable si uno quiere empaparse del alma irlandesa. Naturalmente hay zonas más auténticas y genuinas, pero no son tan conocidas y uno necesita un guía que conozca la ciudad para descubrirlas, o al menos disponer de más tiempo, de ahí que los turistas vayamos como una manada de borregos a aquellos lugares señalados en las guías y si lo único que quieres es escuchar música en vivo y empinar el codo es el objetivo más fácil.





Turística o no, lo cierto es que no tuve la impresión de estar en un lugar prefabricado y allí se respiraba el aroma de la cultura irlandesa por todas partes. No creo que haya en el mundo locales de copas más bonitos que los pub irlandeses, allí el pub es toda una cultura, la música también y de la simbiosis de ambos surge algo que merece la pena vivir aunque sea una sola vez. De camino a la zona del Temple Bar pudimos disfrutar de nuestra primera pinta de Guinnes amenizada por la música de un grupo folk del país en uno de esos locales que parecen haber sido diseñados hasta el último detalle para ser visitados una y otra vez, con mil elementos decorativos imposibles de percibir en una sola visita, con una buena muestra de cervezas y licores, con cuadros con reproducciones de fotografías del levantamiento de 1,916, recuerdo dos en especial, una que mostraba el actual parlamento bombardeado por la artillería inglesa y otra con el Sr. Michael Collins paseando por las calles del Dublín de la época enfundado en su uniforme revolucionario... si, allí se respiraba a Irlanda por todos los poros, también en la voz recia y aguardentosa del cantante del grupo que sentado en un rincón entonaba bonitas melodías, algunas de las cuales fueron acompañadas por nosotros y el resto del público batiendo las palmas y con golpes rítmicos en el suelo.


En fin una grata experiencia que repetimos en más de una ocasión. La zona del Temple Bar estaba abarrotada de turistas, entramos en el T.B. Garden, un local que parecía engañosamente pequeño desde fuera y que resultó ser un conjunto laberíntico de habitaciones con capacidad para varios cientos de clientes, allí de nuevo volvimos a encontrarnos con la música en directo y un ambiente algo más “turístico”, se notaba mucho la afluencia de gente de fuera predominando, tal y como alguien del grupo nos apuntó, los norteamericanos. Música, canciones y bailes típicos irlandeses en un espacio exiguo, gran “ambiente” y por una vez en mi vida podía ver lo que me gustaría que existiese en España... poder salir de copas sin volver a casa con ropa apestando a tabaco. ¿Quién fue el listo que dijo que la ley anti-tabaco iba a quitar puestos de trabajo o perjudicar a la hostelería?... será en nuestro lindo país porque en Irlanda se ve que ha afectado bien poco, por primera vez pude ver a los individuos, que se dedican a apestar el aire que respiramos los demás en espacios cerrados excluidos de los espacios públicos y puestos en su sitio... en la calle, allí que exhalen todo el humo que quieran, total si también los coches y las chimeneas lo hacen.


La noche dublinesa terminó en otro local con un horario de cierre más tardío, fieles a nuestras malas costumbres españolas no queríamos salir de la zona de marcha antes de la madrugada, aunque pude comprobar que a diferencia de aquí lo mejor de la “movida” discurre entre las diez y las doce... a partir de ese punto decae bastante la animación y comienzan a aparecer los lamentables episodios protagonizados por el niñato borrachuzo de turno... a pesar del alcohol que se consume la gente de allí me pareció de lo más civilizada y amable que he visto, ni un pisotón, ni un empujón, ni un problema para moverte en locales abarrotados, siempre con un “sorry” en los labios ¿he dicho ya que me encanta la marcha de Irlanda?, pues ya está ;-).


El Dublín histórico.


Teníamos el día siguiente para ver Dublín con calma, esta no es una ciudad que te agobie con grandes distancias ni con una lista interminable de monumentos que ver... tras su visita creo que puede verse bastante bien en un solo día si uno se organiza bien, dos días a lo sumo si uno se lo toma con calma. Esto es relativamente poco tiempo comparado con otras grandes urbes europeas, lo que no significa que su visita carezca de interés. Además como se puede hacer la mayor parte de la visita caminando de esa forma comenzamos nuestro periplo por sus lugares famosos.


Nuestra primera parada por su cercanía al hotel fue la vieja fábrica de cervezas Guinnes que desde hace años ha sido convertida en un museo, la nueva fábrica completamente automatizada está junto a ella, en vez de ir diréctamente a su puerta dimos un rodeo por la amplísima manzana donde está situada, eso nos permitió ver con más detalle la zona y mi cámara pudo captar la insólita imágen de una iglesia junto a unos enormes depósitos de la fábrica... en Irlanda lo sacro y lo profano se entremezclan. Tras pagar la abusiva entrada recorrimos las siete plantas de la vieja fábrica convertida en museo. Allí nos quedó bien patente a todos el cariño que ponen los irlandeses en la confección de esta bebida y lo orgullosos que se sienten de la misma, ninguna marca o tipo de cerveza ha llegado a identificarse tanto con un país como la Guinnes con Irlanda.





Todo el proceso de su elaboración viene detallado en el recorrido, desde el agua usada procedente de los montes Wicklow a las afueras de la ciudad, las materias primas usadas, hasta su transporte que antiguamente se hacía en barriles y gabarras que recorrían el Leffey hasta el puerto donde se distribuía por todo el mundo. Muy interesante también para los forofos de la cerveza el espacio dedicado a la historia de la publicidad de esta marca, y por supuesto y como es de esperar la visita comenzaba y terminaba en una tienda llena de souvenirs de la Guinnes... algo apto solo para los más frikis.


Antes de viajar a Irlanda la había probado pero no había terminado de convencerme su sabor... ahora tras haber degustado unas cuantas pintas en Dublín sigue sin gustarme especialmente aunque reconozco que allí me ha sabido mucho mejor que en España, será cuestión supongo de seguir insistiendo aparte de respetar escrupulosamente el ritual de esperar al menos minuto y medio tras su puesta en el vaso para que el nitrógeno que lleva se evapore. La visita a la fábrica incluye una degustación de un cuarto de pinta más otra pinta entera en el “gravity bar”, un espectacular local acristalado situado en la séptima y última planta que permite unas vistas impresionantes de Dublín. Alli descansamos tras la visita y entrechocamos brindando varias veces nuestras respectivas pintas de Guinnes, a unos les gustó más que a otros pero ninguno dejamos de tomarla.




Tras esta visita que consumió un buen pellizco del tiempo que teníamos esa mañana para ver la ciudad nos encaminamos a la catedral de la Santísima Trinidad, o Christ Church “iglesia de cristo”, tal y como la conocen los dublineses, es una de las dos catedrales de la ciudad, la otra es la de San Patricio patrón de la isla. Allí conseguimos un descuento de grupo para visitar una especie de “museo vikingo” anexo a la misma ya que según la historia fué un rey vikingo el que mandó comenzar su construcción allá por el año 1,038 de nuestra era. El museo resultó al final una pequeña tomadura de pelo ya que aunque es espectacular y no faltaron las fotografías en el mismo casi todo lo que hay son meras reproducciones. Solo recuerdo haber visto una pequeña vitrina con material procedente de excavaciones, todo lo demás son muñecos y recreaciones de la vida de los vikingos en aquellos tiempos del año 1,000 de nuestra era... y no es que no tenga su gracia hacerle una foto a un maniquí que representa un vikingo cagando en un retrete pero no es eso lo que uno espera ver en un museo “serio”, en fin, mierda para turistas y valga la redundancia.


La visita a la catedral fue menos interesante aún aunque al menos ya no había monigotes, como era de esperar en una catedral, quizás estamos tan acostumbrados a las abigarradas decoraciones de nuestras catedrales que un edificio sobrio y majestuoso como aquel nos parece “soso”, lo cierto es que salvo algunos bonitos artesonados y los bancos de madera tallada donde se sentaban los fieles poco puedo recordar de la misma... señal de que no era nada del otro mundo. Más interesante en cambio fue en cambio la visita a la cripta de la catedral, allí si que había piezas históricas para ver, como una rata y un gato disecados... aunque tuve la sensación, creo que compartida por todos durante el viaje, que el precio de las entradas por ver los monumentos es excesivo en Irlanda, uno no llega a pagar realmente por lo que ve y la sensación de haber hecho el primo te embarga de principio a fin... pero claro, si tenemos en cuenta que seguramente las subvenciones oficiales para la conservación del patrimonio son más bien escasas es normal que traten de exprimir al turista... hay que considerar pues el importe de estas entradas como lo que son, un donativo para su mantenimiento que al fin y al cabo es libre.





Tras el paseo y las poses por el jardín anexo a la catedral de Cristh Church comimos en un bonito restaurante del centro, siempre pendientes de ir a locales donde viésemos a gente del lugar para huir de las “clavadas” que suelen endiñarle a los turistas. Tras la buena, y nada cara, comida nos encaminamos a nuestra siguiente parada, la catedral de San Patricio... como ya estaba hasta el gorro de gastarme euros en iglesias y museos de pacotilla empleé mi tiempo en tumbarme a la bartola en un bonito y ámplio jardín que hay junto a la misma, mientras la mayoría de mis colegas pasaban por el aro de soltar varios euros por barba para ver cuatro piedras viejas. A pesar de no haber visto su interior creo que las vistas del jardín y la zona externa del edificio medieval eran más interesantes... algo que fue corroborado por mis colegas en cuanto nos reunimos “aquello no valía la pena”, ya lo sabía.


De allí marchamos hacia el Trinity College, la universidad de Dublín cuyo campus está situado en el centro de la misma ciudad, un caso insólito en una capital. De camino al mismo pasamos por un bello jardín estilo inglés con múltiples rincones para perderse aunque me pareció un poco abandonado. Antes de nuestro periplo por el famoso campus dublinés recalamos en el espectacular “Café en Seine”, un lugar que sin dudarlo hubiera recomendado visitar e incluir en las guías... eso sí, antes de tomar el lamentable “irish cofee” que nos sirvieron... por una vez sin que sirviera de precedente todos estuvimos de acuerdo en tomar lo mismo y todos opinamos al final igual, que aquel café irlandés dejaba bastante que desear. Seguramente el mismo es una especialidad más consumida y popular fuera de Irlanda porque ni siquiera venía en la carta. Los he tomado mucho mejores en España... una pena porque el local es “im-pre-zio-nan-te”, marea el pensar la cantidad de pasta que se han debido de gastar en su decoración, hay palacios que comparados con este local parecen chabolas.




Tras el lingotazo nos dimos una vuelta por el Trinity College, si bien pasamos de pasar por caja y entrar a su biblioteca para echarle una ojeada al famoso libro de Kells, que encima solo puedes ver expuesto en una vitrina y al que casi seguro estará prohibidísimo echarle fotos. Muchos edificios majestuosos de granito gris rodeados de verdes espacios de cesped y mucha gente entre estudiantes y turistas. Nuestro paseo por el mismo fue realmente breve y pronto nos vimos callejeando por las calles de la capital irlandesa sin rumbo fijo, aprovechamos para echarnos unas fotos junto a una simpática estatua de un personaje popular irlandés y marchar a los restos de un castillo normando... del mismo apenas quedaba nada aparte de una torre casi oculta por construcciones más recientes... aprovechamos para hacer un poco el ganso en sus jardines y con las mismas volvimos dando un tranquilo paseo al hotel, algunos aligeramos la ruta montando en tranvía, como curiosidad destacar que había que comprar los billetes en una máquina expendedora que había en las paradas... un buen sistema sin duda.



Apenas tuvimos tiempo para cambiarnos y descansar un poco, salimos para ir a cenar y salir de “marcha”, nuestro objetivo era un lugar apodado el “market”, un viejo mercado de abastos reconvertido en pub que despertó el interés de un compañero y este terminó arrastrándonos a todos al mismo... si bien ni el ambiente ni la comida finalmente estuvieron a la altura, todavía no me explico como un local tan ruidoso con una comida tan mala tanto en calidad como en precio podía estar tan abarrotado de gente. Allí una compañera nos dio un pequeño susto al andar indispuesta, caía la primera baja de la noche, no sería la última, otro compañero andaba muy tocado del estómago a consecuencia del nefasto “irish coffee” … y yo mismo tenía las tripas revueltas dudando si quedarme para ir de copas o largarme diréctamente al hotel. Decidí que tenía que hacer un esfuerzo y ver si aguantaba unas horas más aunque estaba bien claro que aquella no era nuestra noche.


Nueva visita al temple bar, nos metimos de cabeza en el Temple Bar Garden y allí pasamos un tiempo tomando unas pintas de cerveza y escuchando música en directo, en esta ocasión no tuvimos suerte con la misma y había un pequeño grupo irlandés que en vez de tocar música celta o canciones populares del país se embarcó en la tarea de hacer versiones “made in Irlanda” de temas de sobra conocidos con más bien poca fortuna, pero bueno para que poner pegas por lo que nos había costado la entrada... al final volví al hotel con varios compañeros a una hora más temprana dejando allí a los más recalcitrantes empeñados en sacarle partido a una noche que no daba para más, me había pasado todo el santo día , al igual que mis colegas, en la calle pateando Dublín y mi estómago no admitía nada más pesado que la excelente sidra irlandesa, mejor guardar fuerzas para lo que nos esperaba al día siguiente.


La larga ruta a Ennis.


Nos levantamos temprano con el objetivo aquel día de marchar a Ennis, una pequeña ciudad al oeste del país, en un par de coches que habíamos alquilado, de paso iríamos a ver Trim, localidad elegida por una compañera de viaje para hacer un alto en el mismo y realizar unas visitas a sus monumentos, desconocía lo que veríamos allí pero dado lo rebuscado del itinerario para llegar a aquel lugar suponía que debía ser algo interesante.


Tras un opíparo desayuno irlandés en la estación de tren dublinesa, bien acompañado de unas pastillas de aerored, compañero inseparable en este viaje, para evitar “problemas” ;-), nos embarcamos en autobús siempre dirigidos por una de nuestras compañeras que dominaba el inglés y nos hacía de guía improvisada. Recogimos los vehículos y comenzamos nuestra odisea hacia la pequeña localidad situada en la verde campiña irlandesa en mitad de la nada.


Tras un sinfín de equivocaciones motivadas por la inexperiencia de nuestros compañeros en conducir por la izquierda y lo enrevesado del sistema de señalizaciones irlandés llegamos a Trim, no debía de haber más de cincuenta kilómetros desde el punto donde recogimos los coches, sin embargo el viaje se hizo interminable y sirvió de primera experiencia para comprobar las dificultades que íbamos a tener para movernos por allí y los nervios que íbamos a pasar en los desplazamientos... algo que terminó pasándonos factura a todos y motivó el 90% de los piques entre compañeros de viaje.


Trim y su castillo.


Nada más llegar a Trim el espectáculo de la bonita campiña y los bien cuidados monumentos históricos que la rodean se mostraron a la vista, esos primeros momentos de caminar por la hierba me supieron a gloria tras tanto coche y tanto patear calles el día anterior. El pueblo está pegado a las ruinas del antiguo castillo normando, el más gran de de Irlanda construido en 1,174, y usado en alguno de los exteriores de la conocida pelicula “Bravehearth”. Junto las murallas del mismo una ámplia extensión de cesped invitaba al descanso, paseamos por la misma y nos dirigimos al norte a los restos de una torre derruida cuya silueta se erigía delante de nosotros, para ello tuvimos que cruzar un puente sobre el río Boyne a cuyas orillas tuvo lugar la famosa batalla entre las tropas de Guillermo III y Jacobo II que vino a marcar la historia de Irlanda durante los dos siglos posteriores. La localidad de Trim fue además durante el siglo XV sede del parlamento normando-irlandés, de ahí que esta es una de las localidades con más “solera” histórica de la isla.





El paseo nos sirvió para disparar abundantes fotos sobre el conjunto histórico del castillo, la torre se encuentra bastante bien conservada aunque por desgracia la mayor parte de sus murallas han desaparecido, no obstante queda todavía más que suficiente como para hacerse una idea de la impresionante fortaleza que debió de ser en otros tiempos. Sin duda alguna que el esfuerzo en llegar allí valió la pena. Aquel día el plan de la comida fue sencillo, pasar por algunas tiendas del pueblo a comprar comida y tomar la misma tranquilamente tumbados en la verde explanada junto al castillo.


Tras esta los compañeros marcharon a tomar un café en un pub del pueblo, aunque me apetecía un monton yo en cambio acompañé a una compañera en su visita al castillo, la entrada no era demasiado cara y aquello parecía interesante. Afortunadamente nos dieron un enorme folleto, si es que se puede llamar así, en castellano... eso hizo que me enterase de algunas cosas del castillo porque la visita a la torre principal del mismo fue guiada y explicada íntegramente en inglés, aunque traté de concentrarme y abrir bien las orejas apenas pude enterarme de nada. La construcción era impresionante pero por desgracia solo se conservaban los muros, el único contenido aparte de los cerramientos y las verjas eran unas maquetas donde se podía ver con detalle una reconstrucción de lo que debió ser aquella fortaleza... me llamó mucho la atención la fina patina verde que recubría las piedras del castillo ¡ incluso por dentro !. El verde lo impregna todo en Irlanda, aunque la lluvia no llegue a las mismas hay tanta humedad en el aire que las algas microscópicas pueden sobrevivir, que contraste con nuestra seca y soleada España.


Ennis por fin.


Y tras un periplo de un par de cientos de kilómetros no exento de despistes y estériles polémicas llegamos a Ennis, gracias a la amable colaboración de una lugareña encontramos el Bed & Breakfast sin problema alguno, era una bella residencia ajardinada regentado por una señora bastante agradable que nos trató a cuerpo de rey y que tuvo a bien el último día de hacernos un descuento en el precio, aparte de eso allí desayunamos de maravilla, mucho mejor que en la estación de tren de Dublín.


La ciudad es pequeña, no llega a los 20.000 habitantes, y es muy tranquila. Fue elegida por su situación estratégica y por la buena relación calidad-precio del alojamiento, nos pillaba cerca de Galway, de Doolin y su puerto con vistas a visitar las islas de Arán y los acantilados de Moher... está además cerca de Limeric y el castillo de Bunraty, vamos un emplazamiento casi perfecto para movernos por esa zona del oeste de la isla.





La comida irlandesa debía estar ya pesando en el estómago de más de uno porque cuando una compañera dijo de ir a un chino a cenar no hubo oposición alguna, la idea no me gustó demasiado porque hubiera preferido seguir con la gastronomía local, afortunadamente el local elegido cumplió de sobra con nuestras expectativas y quedaron disueltas en buena parte las tensiones que todos habíamos acumulado por el largo y complicado viaje. La noche en Ennis no podía lógicamente compararse con Dublín, sin embargo encontramos un pub bastante grande en el pueblo que no tardó en llenarse, lo que me confirmó la afición por salir a diario de los Irlandeses.


Hubo incluso en el local música en directo... aunque a bastante distancia de la que habíamos escuchado hasta entonces, allí todo parecía discurrir a un ritmo más lento, personalmente no estaba de humor ni para tomar una cerveza pero me agradó ver las caras sonrientes y los bailes de algunas compañeras de viaje, en verdad que envidio la capacidad de algunas personas para “cambiar el chip” y saber divertirse cuando toca. Cansado ya de la Guinnes probé fortuna con otras bebidas del país tras consumir previamente una “Bulmers”, esa sidra irlandesa me ha encantado. La bebida elegida fue una pinta de “Smithwicks”, también distribuida fuera de Irlanda con el nombre de “Kilkenny”, de color rojizo y sabor amargo-dulzón fue todo un descubrimiento. Y así sin pena ni gloria terminó la tercera noche en Irlanda, la visita a Trim había valido la pena y Ennis me pareció un lugar tranquilo y acogedor pero estaba deseando que aquel día terminase y poder pasar una jornada con el trasero despegado del asiento de un coche.


Doolin.


Tras un desayuno irlandés que “no se lo salta un galgo” recuperé el buen humor tras haber pasado una noche de perros y haberme peleado con aquella endemoniada ducha ¿en que país que se presume civilizado puede existir un chisme semejante?. Teníamos un día de lo más completo, marcha al puerto de Doolin para embarcarnos rumbo a las islas de Arán y tratar también de ver los acantilados de Moher... ya veríamos lo que daba de sí el día. La dueña del B & B nos negoció un buen precio para la excursión a las islas de modo que de momento la cosa pintaba bien.



Para no faltar a las buenas costumbres nos volvimos a perder, giramos a la izquierda al llegar a la costa cuando era necesario hacerlo en el otro sentido... al final llegamos a Doolin tras algún que otro despiste y parada, por primera vez el paisaje de la costa irlandesa quedó a la vista y comenzaron a trabajar las cámaras de fotos. En nuestro corto pero accidentado viaje perdimos el suficiente tiempo como para hacer imposible la visita a las islas de Arán prevista para las once de la mañana... de ahí que tuviésemos que esperar hasta la una en el puerto. Nos vino bien el descanso y el paseo que nos dimos desde la zona del aparcamiento hasta el puerto, uno o dos kilómetros por lo menos. No se los demás pero yo necesitaba imperiosamente ver espacios abiertos y sentir la brisa marina porque estaba hasta los mismísimos de tanto coche, allí en Irlanda cualquier desplazamiento nos costó mucho más tiempo del esperado debido a las condiciones de aquellas carreteras y a nuestro desconocimiento del país, mis compañeros de viaje se desenvolvieron muy bien al volante teniendo en cuenta las complicadas circunstancias.





Doolin no cuenta con un verdadero casco urbano, no es más que una calle con eficios salpicados a ambos lados, separado del puerto por una zona de campo y este no es más que un pequeño embarcadero antiguo puerto de pescadores reconvertido en atracción turística. Allí no ves otra cosa que las oficinas de las empresas dedicadas a la explotación turística de los acantilados y las islas de Arán, aparte de eso vimos muchos surfistas y practicantes del submarinismo... da repelús la mera idea de sumergirse en aquellas frías aguas del Atlántico. El tiempo que pasamos en el pequeño puerto fue aprovechado para descansar y tomar abundantes instantáneas de sus rocosas orillas, en aquel punto comencé a lamentar no haber llevado gorra ni crema solar en mi pequeña mochila pues la previsión del tiempo había sido más bien la de lluvias y había amanecido el cielo parcialmente cubierto... con el transcurso del día quedó totalmente despejado e hizo un calor insólito para aquellas latitudes.


Islas de Arán – Inisheer.


Tras un tira y afloja con el dueño de la mini-compañía turística propietaria del barco que nos llevaba a las islas de Arán obtuvimos una espectacular rebaja en el precio de la visita, no se ni como pero nuestra compañera encargada de tales menesteres aquel día lo bordó y nos salieron dos excursiones por menos del precio de una. Gracias a mi guía de bolsillo pude ver que el destino elegido para visitar era la islita de Inisheer, menos de tres kilómetros de punta a punta, la más pequeña de las islas de Arán y la más cercana al puerto, perfectamente visible aquella soleada mañana.




Aunque el mar parecía un poco movido nos aseguraron que estaba realmente bastante tranquilo... bueno no tengo demasiada experiencia en barcos de modo que sin nervios pero bastante emocionado me embarqué con mis compañeros a ver la islita distante unos diez kilómetros del puerto, una nadería, pero todo un calvario para alguna compañera que aborrece los barcos y los aviones.




Tras una divertida, para la mayoría, travesía desembarcamos en Inisheer, la isla es prácticamente plana a excepción de una colina situada en el centro donde se erigen las ruinas del castillo de O' Brian. Tras unos momentos de indecisión en los que unos optaban por ir caminando a lo alto de la colina, otros dudaban entre pasear en bicicleta por la isla en plan “verano azul” o darse una vuelta en un carruaje para turistas optamos la mayoría por esta última opción debido al alto precio del alquiler de las bicis, suspiré aliviado porque de haber elegido un paseo en bici yo habría caminado a la parte más alta de la isla sin dudarlo. Dos compañeros eligieron pasear a pie, el resto nos subimos a aquel carruaje y obligamos al pobre bicho, una yegua de color casi negro cuyo nombre ya he olvidado, a ganarse su diaria ración de pienso.


Un paseo en carromato.


El chico que llevaba las riendas nos dió una vuelta hasta el extremo opuesto de la isla, desde el paseo pudimos ver la bonita playa con los curraghs, esas barcas de lona alquitranada típicas de Irlanda en las que todavía faenan en la pesca de la caballa algunos de los 300 habitantes de la isla. También tuvimos vistas privilegiadas de la campiña insular con todas esas parcelas separadas por bajos muros de piedra, al igual que todos los que hemos visto en Irlanda están constituidos por piedras apiladas sin usar argamasa de ningún tipo. Esa miriada de parcelas que cubren como una tela de araña las islas de Arán constituyen seguramente la red de muros más espesa de toda Europa, allí el suelo es de roca viva, todo el verde que uno ve es debido a la creación de un suelo artificial mediante la mezcla de arena de las playas con algas, estas al pudrirse forman el sustrato en el que las plantas pueden arraigar. Los muros aparte de delimitar las parcelas de la isla constituyen una barrera eficaz contra los vientos que deben azotar aquellas islas de forma despiadada y que en poco tiempo, de no existir estos, habrían arrancado de cuajo la fina capa de suelo fértil donde los antiguos habitantes de las islas llegaron a cultivar patatas y vivir casi de forma autárquica formando una comunidad aparte respecto al resto del país.




En el extremo oeste de la isla y fruto de un temporal se encuentra un antiguo barco mercante varado como una enorme ballena de hierro oxidado, allí el muchacho que nos llevaba en su carro detuvo su paseo y nos invitó a visitarlo, y de paso darle un descanso al noble animal. No nos hicimos de rogar y pronto formamos un pequeño y animado grupo en las cercanías de aquellos metales retorcidos y carcomidos por las aguas y los vientos. El día que encayó aquel barco debió de ser todo un acontecimiento en la isla... igual hasta se dieron una fiesta con el contenido de las bodegas del mismo que por derecho seguramente les pertenecían... una pena no saber inglés para haber preguntado en el pueblo por la historia de aquel buque.


Tras un rato de expansión volvimos a subir al carro y seguimos con el paseo, en mi caso no dejé de echar instantáneas de la isla y sus campos y playas, allí no faltaba un pequeño y bonito (si es que tal apelativo puede aplicarsele) cementerio en una colina arenosa, cuenta que allí encontraron sepultada bajo las dunas entre las tumbas una pequeña iglesia del siglo XI, Saint Caomhán... ahora al revisar las fotografías puedo apreciar lo que parece ser uno de sus muros. No es el único hallazgo encontrado en la isla, por lo visto tras un violento temporal apareció en 1,885 un túmulo de la edad del bronce... allí con ese clima endemoniado no hacen falta las excavaciones. Comentar también que aquella isla a pesar de su minúsculo tamaño posee un par de hostales, dos pubs, un aeródromo e incluso un campo de futbol.


Y terminó aquel agradable y bonito paseo durante el que en más de una ocasión tuvimos varios que bajarnos del carruaje para que la pobre yegua pudiese subir algunas cuestas, de hecho el animalito tenía la boca llena de espuma por el esfuerzo y se dio una buena sesión de beber agua en un pequeño depósito que parecía haber sido habilitado para ello junto al camino. Fuimos a buscar un sitio para comer, creo que al final fuimos al que nos recomendó el guía. La comida al mismo nivel de lo que estábamos acostumbrados en Irlanda, ni mejor ni peor ni siquiera más caro. Lo único que eché de menos allí fue que no hubiesen más opciones de “pescado” en las cartas de los menús.




Quiero resaltar aquí la calidad humana y la dureza de los habitantes de las islas, en cualquier otro lugar del mundo hubieran emigrado en masa hastiados de la vida tan dura que debían llevar, sin embargo allí testarudamente se aferraron con uñas y dientes al país, a sus raices y su cultura... en ninguna otra parte de Irlanda el gaélico está tan vivo como en esas insignificantes islitas y la región circundante, es dificil encontrar otro lugar del mundo con un amor tan grande de sus habitantes por su tierra, desde luego las islas de Arán no son un caso único ni en Irlanda ni en otras partes pero es dificil encontrar un ejemplo más claro.


Los acantilados de Moher.


Tras la comida nos dimos un buen paseo por la rocosa costa de la isla haciendo tiempo para embarcarnos de nuevo al puerto de Doolin, seguía haciendo un día magnífico sin asomo de nubes en el cielo y con un sol de justicia, creo que el termómetro debió de rondar los veintiocho o veintinueve grados como poco, tras el periplo marinero volví a puerto colorado como un langostino aunque no llegué a quemarme. Fui el más afectado por el sol ya que soy el más blanco del grupo que viajó a Irlanda, aunque no el único y todos más o menos mostraron las marcas del sol de aquel día al terminar la jornada. Fotos y más fotos de la costa, del pueblo, de los marineros embadurnando un curragh con alquitrán y de los aparejos de pesca. Y por fin el embarque que tras un viajecito algo más movido nos depositó sanos y salvos en el puerto turístico. La visita a la menor del archipiélago de Arán me dejó muy buen sabor de boca, es dificil reunir en tan magro espacio tanto encanto si bien es cierto que el clima que disfrutamos aquel día seguramente me hace ver el lugar de forma más amable, a partir de ahora entra a formar parte de los sitios a los que me gustaría ir a “perderme”.




Una vez desembarcados en Doolin no nos movimos del espigón del puerto, allí sobre la marcha casi nos embarcamos de nuevo para realizar la ruta de los acantilados de Moher. Sumamos más horas de sol y de barco, escuché algún comentario de un compañero sobre que aquella otra excursión incluso le había gustado más que la de la isla... bueno para gustos se hicieron los colores pero lo cierto es que aunque espectaculares tampoco me produjeron una gran impresión. Naturalmente aproveché para sacar partido a mi cámara, tener unos acantilados de más de doscientos metros a la vista desde el mar, con multitud de aves marinas planeando y la roca cortada en numerosos estratos marcados de gris y verde no es algo que se vea todos los días. Como tampoco todos los días puede uno disfrutar de las cabriolas y saltos de un grupo de delfines que se unieron a nuestra excursión nadando junto a la proa del barco. En verdad creo que aquel viernes exprimimos casi al máximo nuestro tiempo.


Volvimos a los coches dando un largo paseo y agradeciendo al dueño del barco su amabilidad y buen trato, este nos pasó unos planos de la zona conocida como “El Burren” del condado de Clare donde estábamos y nos recomendó una carretera para ir a Galway y Connemara al día siguiente a la orilla de la cual se encontraba un monumento megalítico. Aquel tipo, como toda la gente con la que hemos tratado en Irlanda, se portó muy bien con nosotros... sin duda uno de los mayores atractivos de ese pequeño país es la calidad humana de sus habitantes, una cosa que tenía clara antes de emprender el viaje y que ahora tras el mismo puedo afirmar ya sin temor a equivocarme.


Cena en el pub.


Tras alguna que otra duda aparcamos los coches en lo más parecido al centro del pueblo de Doolin que pudimos encontrar, comenzó la búsqueda de un lugar para cenar y tras desechar un local que estaba lleno recalamos en uno tan ámplio o más donde sorprendentemente los dueños pidieron amablemente a dos comensales que abandonasen una mesa para que nosotros diez pudiésemos acomodarnos... y allí nos sentamos y pedimos una abundante cena amenizada por un grupo folk local... en este caso no se trataban de las versiones pop de la última noche de Dublín ni de la música ratonera de la noche anterior en Ennis, estos tocaban música celta y lo hacían muy bien, no en vano Doolin está considerado, y no se sabe muy bien porqué teniendo en cuenta su minúsculo tamaño, como símbolo de los puertos y la música irlandesa según mi guía, así que aquello debía ser algo normal.


Recuerdo que la cena resultó bastante agradable y que el local fue llenándose hasta los topes apenas entramos nosotros, como detalle simpático había una mesa en la zona más interior del local ocupada por un grupo de chicas que debían estar celebrando una despedida de soltera o algo así ya que iban todas con traje y ataviadas con coronas... vaya altura que calzan las mozas de aquellas tierras, en consonancia claro con la de los chicos, sin embargo salvo alguna que otra excepción no me parecieron especialmente bellas, más bien grandotas y según los cánones de aquí algo horteras, hay que tener en cuenta que en los pueblecitos como aquel, o una ciudad pequeña como Ennis al igual que en España se nota la diferencia en el vestir respecto a las grandes ciudades... en ese aspecto Irlanda me pareció un “país de pueblo”. Cuando le comenté antes de emprender el viaje a mi hermana que iba a ir vestido con camisetas deportivas la mayor parte del tiempo me comentó “tranquilo, no creo que desentones mucho con los irlandeses”... y tenía razón.


El camino de vuelta se nos hizo complicado por la noche, la estrechez de las carreteras y sumado a ello una persistente neblina. Cuando llegamos a Ennis estábamos todos agotados, creo que fue la única noche de todo el viaje en la que no salimos de copas, entre el coche, los paseos en barco, y el sol, aparte del cansancio que se iba acumulando en nosotros día tras día por falta de sueño aquella noche intentamos todos reponer fuerzas, el día siguiente había que hacer más kilómetros si queríamos ver todo lo que nos habíamos propuesto.


Atravesando la región de Burren.


Al finalizar nuestra visita a los acantilados de Moher el día anterior, el dueño de la pequeña compañía turística nos proporcionó unos planos de la región de Burren cuando nuestra compañera que dominaba el inglés le comunicó nuestro plan del día siguiente de marchar a Connemara. Nos dijo que en vez de marchar desde Ennis a Ballyvaughan pasando por Lisdoonvarna fuesemos por Corofin, las carreteras no eran tan buenas pero ese itinerario nos permitiría atravesar el corazón de la región que ocupa todo el norte del condado de Clare. Nos dió un folleto donde se describe la zona, con un detallado mapa y unas fotografías de sus principales atractivos.


Es una región desértica y pedregosa de la que el comandante Ludlow del ejército de Oliver Cromwell describió como “es una región donde no hay suficiente agua para ahogar a un hombre, ni suficientes árboles para ahorcarlo, ni suficiente tierra para enterrarlo”... doy fe tras visitarla que no andaba muy desencaminado. Según el folleto aquellas tierras estuvieron muy afectadas por la última glaciación, las masas de hielo al moverse hacia el mar arrasaron y erosionaron tanto la tierra que esta desapareció literalmente y quedó al descubierto el zócalo rocoso. Este fue erosionado por el agua y el hielo quedando tal y como lo vemos en la actualidad... muy atractivo para el visitante pero un verdadero infierno para sus habitantes ya que nos encontramos en una de las regiones más pobres y desoladas de la isla.


A pesar de su dureza la región estuvo habitada desde tiempos prehistóricos, prueba de ello es la presencia de varios monumentos megalíticos, entre ellos el llamado dólmen de Poulnabrone donde pensábamos hacer un alto en el camino hacia Galway y la península de Connemara. Nos internamos por esa desolada y pedregosa región llena de bajos muros de piedra que delimitaban las parcelas, iguales que las que estábamos viendo por toda la isla, rocas amontonadas con habilidad sin usar argamasa, en el caso de esta región fueron levantados por orden gubernamental durante la gran hambruna de mediados del siglo XIX para dar empleo a decenas de miles de campesinos que habían perdido sus tierras, los cuales cobraban 5 peniques al día, un mísero salario que solo les evitaba morir de hambre. Hoy todos esos muros permanecen como mudos testigos del más triste episodio de la historia irlandesa.


El dólmen de Poulnabrone.


Tras algún que otro despiste motivado por las deficiencias en las señalizaciones llegamos por fin al lugar donde se erigía el dólmen, como tantos lugares históricos los irlandeses han conservado el entorno y lo han convertido en atracción turística. La zona aparecía muy bien cuidada con una serie de carteles que mostraban como eran los asentamientos humanos, las costumbres funerarias de la era del bronce y las características de la región.




El monumento funerario se encontraba acordonado para evitar acercarse mucho a él, no era nada del otro mundo, y desde luego que se veía mucho más impresionante en las fotos... no obstante aquellos pedruscos debían pesar lo suyo y no les tuvo que resultar nada fácil disponerlos de aquella forma. Una compañera nos explicó el truco para evitar levantar aquellas losas de piedra que debían pesar varias toneladas, a base de troncos y palancas para moverlas junto con el uso de tierra y arena para crear una rampa para su elevación, luego se retira la tierra y las piedras quedan en equilibrio. No es extraño, dada su solidez y simplicidad, que hayan sido los elementos arquitectónicos que han atravesado el túnel del tiempo en mejor estado.


La anécdota del día la protagonizó un simpático artesano que a la entrada del recinto del monumento se encontraba montando su tenderete, resultó que aquel hombre había vivido varios años en España como profesor de inglés e incluso había estado casado con una española. Nos reconoció inmediatamente como era de esperar, los habitantes de la “piel de toro” somos bastante escandalosos, y en cuanto nos preguntó de que parte del país éramos resultó que dos compañeras del grupo y este hombre tenían un conocido común, un compañero de trabajo de las mismas era amigo suyo... ver para creer, allí en medio de la nada, en un país extranjero en un lugar cuya visita no estaba prevista encontrábamos a alguien hablando nuestro idioma y que conocía a alguien relacionado con gente del grupo, casualidades de la vida.


Nos demoramos más tiempo del esperado debido al encargo de varios colgantes en plata que le hicieron unos compañeros... mientras el hombre se afanaba en su trabajo llegó un mini-bus lleno de turistas españoles... al frente de los mismos se encontraba una mujer que les hacía de guía y que regentaba una pequeña empresa turística especializada en mostrar el país a turistas hispanos, saludamos a varios compatriotas de Zaragoza... en fin un poco más y nos encontramos como en casa.


La visita a la zona del dólmen estuvo bien, nos relajamos e hicimos bonitas fotos... sin embargo pasamos allí más tiempo del previsto, el día además había amanecido amenazando lluvia, se terminó la racha de buen tiempo que nos había acompañado desde el comienzo por ello urgía darse prisa y salir de aquella zona, a esas alturas ya desechábamos la idea de llegar hasta el parque nacional de Connemara y visitar la preciosa abadía de Kylemore. Fijamos nuestro punto máximo de avance en la población Uachtar Ard a las orillas del lago Corrib... teniendo en cuenta las distancias que teníamos que recorrer entre ida y vuelta pensábamos que el día no nos daría para más.


El castillo de Aughnanure.


Salimos del Burren dejando atrás aquellos desolados y rocosos parajes y comenzamos a bordear la costa rumbo a Galway, los paisajes pronto ganaron en belleza y espectacularidad. Rodeamos la ciudad de Galway sin entrar en la misma, luego a la vuelta pensábamos visitarla. Poco antes de llegar a Uachtar Ard en mi mapa de carreteras figuraba un castillo a las afueras de la localidad de Killarone, de modo que propuse a los compañeros ir a verlo por si valía la pena. En este caso no hubo problema con las señales y llegamos sin novedad a la explanada donde comenzaba el camino habilitado para su visita.




El castillo estaba a la orilla de un río en una zona realmente bonita con un pequeño pero denso arbolado de ribera... en el condado de Galway hay más de 200 restos de castillos y fortalezas y este es uno de ellos. Se trataba del castillo de Aughnanure, levantado por uno de los clanes irlandeses más importantes de la época, los O' Flaherty, que controlaban el condado de Galway allá por el siglo XVI. En aquella época Irlanda estaba dividida en distintos condados independientes controlados cada uno por un clan. Los ingleses habían puesto ya el pie en la isla pero solo controlaban diréctamente la zona de Dublín aparte de tener una alianza con varios condes anglo-irlandeses. Más de la mitad de la isla estaba todavía bajo el control de clanes irlandeses independientes y los O' Flaherty eran uno de ellos.


Allí pasamos un buen rato explorando la torre y el pequeño recinto amurallado. Aunque apenas había mobiliario dentro del mismo el conjunto se encontraba bastante bien conservado con restos de la muralla todavía en pie... no era la impresionante cáscara vacía del castillo de Trim donde había que echar mano de la imaginación y contemplar las maquetas para hacerse una idea de lo que allí hubo. La visita nos sirvió para estirar las piernas y hacer una buena cantidad de fotos, aunque tuvimos que “pasar por caja” para ver sus instalaciones no me pareció demasiado caro y si ese es el precio que hay que pagar para que los irlandeses conserven su patrimonio pues totalmente de acuerdo con ello. Un país que vive en gran medida de su pasado no puede menos que cuidar con mimo su patrimonio histórico, es algo con lo que todos salimos ganando.


La final de Hurling.


Cerca de allí paramos por fin en Uachart Ard, tras una inspección por la pequeña villa terminamos comiendo en un restaurante turístico que había a la entrada del pueblo, aunque había más locales allí estaba todo cerrado por ser domingo. La mayoría comimos en el interior del restaurante justo al lado de una enorme pantalla de video donde estaban retransmitiendo en directo la final del campeonato de Hurling... no soy amante de los deportes televisados pero en aquella ocasión me gustó la experiencia porque le guste a uno o no entre Irlanda y el deporte hay una unión muy íntima, existiendo en el país varios deportes autóctonos que solo se practican allí, realmente interesantes, y que probablemente serían mucho más populares a nivel mundial si no estuviésemos hablando de un pequeño y pacífico país que nunca ha invadido a ninguna otra nación.


Las comida estuvo muy animada merced a las imágenes del partido de Hurling “el deporte de equipo más rápido del mundo” tal y como les gusta comentar a los irlandeses, yo me preguntaba como los jugadores podían aguantar todos esos encontronazos y embestidas sin salir del campo con los pies por delante... para los curiosos aquí teneis un enlace a un video sobre el mismo

http://www.youtube.com/watch?v=TmzivRetelE




Rumbo a Kylemore bajo la lluvia.

Tras la misma y demorarnos otro rato más en el pueblo para visitar alguna tienda emprendimos el camino a Connemara, en esta región se concentraron la mayoría de los irlandeses expulsados de sus tierras por la sangrienta campaña de Cromwell, aquello debió parecer entonces casi una condena a muerte ya que el 80% de las tierras no son cultivables. Sin embargo el laborioso pueblo irlandés logró medrar en la región merced al duro trabajo y los sacrificios y esta llegó a estar superpoblada en algunos lugares. El poco interés que los ingleses tuvieron en expoliarla debido a su pobreza sirvió para mantener la cultura celta más viva que en ninguna otra parte... tuvo que llegar la hambruna de 1,845 y el éxodo que la siguió para romper esa situación y dejarla tal y como la vemos hoy, casi despoblada.




Nos dirigimos en primer lugar al cruce de Maan Cross, pensábamos que era una aldea y tal y como pudimos comprobar apenas eran 4 casas en un cruce de caminos, poco antes de llegar hicimos un alto en el camino en una explanada junto a un grupo de casas. Allí había una estatua de un gigante con una placa que señalaba el inicio de Connemara y otra más con el chiste “on this site in 1,879 nothing happened”... una tomadura de pelo para los turistas ;-).


Tuvimos que cubrirnos con paraguas y chubasqueros, ya durante la comida había comenzado a llover y ahora el tiempo amenazaba con permanecer así todo el resto de la jornada. Con nuestra visita al parque nacional estropeada por la lluvia decidimos seguir y hacer un último intento de llegar a Kylemore aunque fuese solo para ver los paisajes a través de la ventanilla de un coche, estaba claro que ya nos sorprendería la noche en el regreso y ante la disyuntiva de dejarlo ya y marchar a Galway decidimos avanzar unos cuantos km más.




Tras marchar por aquellas estrechas carreteras durante una buena tanda de kilómetros llegamos a la abadía de Kylemore rodeando los montes Maumturk por la parte de la derecha. Aquí la campiña ofrecía un aspecto completamente diferente de los habituales prados verdes que habíamos recorrido en nuestro viaje desde Dublín a Ennis. Era la región de los campos abiertos, terreno pedregoso y campos de turba. No se veía prácticamente ninguna vaca, dificilmente podrían alimentarse con aquella escasez de pastos, y si en cambio muchas ovejas de una raza que yo nunca había visto, muy lanudas con el vellón de la cabeza de color completamente negro. Las montañas me parecieron desoladas y pedregosas pero dotadas de una singular belleza. Aunque su punto más alto no alcanzaba los setecientos metros me parecieron un objetivo de lo más apetecible para una ruta senderista... en otro viaje quizás. Por todas partes las señales de la recogida de turba con unas zanjas abiertas que mostraban las vetas negras que delataban la presencia de este carbón vegetal usado por los lugareños como sustituto de una madera prácticamente inexistente.




La abadía de Kylemore y su conjunto arquitectónico me parecieron formidables, está situada además en un paraje de excepcional belleza con prados y jardines estilo inglés por todas partes... incluso en un día tan desapacible como aquel completamente nublado, con lluvia y viento valía la pena verla. Por desgracia y para no variar llegamos tarde a la misma... de modo que solo pudimos entrar a echarle un vistazo al centro de visitantes y fotografiarla desde fuera. Allí una compañera nos proporcionó a todos un bizcocho que había comprado en un supermercado, lo devoramos allí mismo de pie bajo la lluvia junto a los coches... habíamos alcanzado el punto más alejado de nuestra excursión y solo quedaba volver a Ennis pasando por Galway a ver si podíamos parar en esa bella ciudad y tomarnos algo.


Tras algún que otro despiste conseguimos retomar el camino de vuelta y desde luego que aunque fuese desde el interior de un automóvil no faltaron paisajes que contemplar, de toda la Irlanda que he visto me quedo sin duda con aquellas desoladas tierras. Aquel día dejó un par de asignaturas pendientes para todos, una de ellas fue esa solitaria y bella región. La otra fue nuestro fugaz, fragmentado y polémico paso por Galway.


Visita accidentada a Galway.


No restaba más en el día que pasar por la pequeña y acogedora localidad de Galway, ver si podíamos parar allí y emprender el regreso a Ennis. Habíamos pasado la mayor parte del día metidos en el coche haciendo kilómetros y creo que todos estábamos bastante cansados de ello. La buena suerte que hasta entonces nos había acompañado quiso darnos de lado, primero con la lluvia y posteriormente en forma de un despiste que separó al grupo y nos costó algún que otro disgusto a todos sin que realmente fuese culpa de nadie.


Y así divididos en dos bajamos del coche adheridos de frío en aquel lugar, quiso la fortuna que formase parte del grupo que “embarrancó” en Galway. Allí mientras esperábamos a ver si se producía una reagrupación que no llegó nos dimos un paseo por el casco histórico de esa preciosa localidad. De nuevo mucha animación por las calles... aquello no era el Temple Bar dublinés pero tampoco la noche sosa de Ennis. Plazas y calles peatonales flanqueadas por abundantes pubs donde se escuchaba la música en directo y mucha animación. Comimos un bocadillo de pie en una calle bajo la lluvia y nos metimos en un pub para tomar unas pintas de cerveza. Aquel local estaba abarrotado como la mayoría de los que habíamos visto... pude constatar a modo personal que no todas las irlandesas eran altas y grandotas con pinta, o al menos descendientes, de rudas campesinas sino que tambien aquel país albergaba verdaderas bellezas, no se si fue por eso o por el clima cordial y acogedor que se respiraba allí, el caso es que me quedé prendado de esa pequeña ciudad.



Tras apurar las cervezas y alguna que otra sesión de fotos, nunca tuvimos problema alguno para hacer que los lugareños nos fotografiasen, nos volvimos a meter en el coche y marchamos a Ennis, los otros compañeros habían cenado en Gort, un pueblecito que pillaba de paso en el camino que nos llevaba a la capital del condado de Clare. Al igual que la noche anterior caí frito a la cama con el simple deseo de descansar y evitar ágrias y estériles polémicas con nadie, el día había resultado ser al final un pequeño desastre en el plano turístico aunque si que me sirvió en cambio para mostrarme una parte del país merecedora de una segunda oportunidad si tal se presenta.


Regreso a Dublín.


Para el día siguiente el plan era bien sencillo, volver a Dublín, en este caso por una vía más directa, pero demorarnos un poco en Ennis, que no habíamos terminado de ver bien y realizar una visita al castillo de Bunratty. Tras liquidar cuentas en el Bed & Breakfast la dueña del mismo aparte de hacernos el descuento ya mencionado, nos recomendó la visita de un lugar de los alrededores, la aldea de Quin, donde existían las ruinas de una abadía. Decidimos dar una vuelta por el pueblo, reunirnos al cabo de una hora más o menos y marchar a Quin antes de emprender el camino del sur hacia Limerick.





El paseo por el pueblo lo hicimos disgregados, nos vino bien para estirar las piernas y despejar la cabeza ya que nos esperaban unas cuantas horas de automovil en nuestro regreso a Dublín, aproveché para sacar instantáneas del pueblo, entre ellas una foto junto al monumento de Éamon De Valera, uno de los líderes del levantamiento de Pascua de 1,916, el único que no fue fusilado por los ingleses y uno de los políticos irlandeses más importantes del siglo XX.


La abadía de Quin.


Salimos de Ennis por una carretera comarcal y llegamos fácilmente a Quin, un lugar muy pequeño formado por un grupo de casas a orillas de la carretera, allí rodeada de los habituales prados verdes irlandeses se alzaban las ruinas de la abadía de Quin. Monasterio de la orden franciscana, fue edificado sobre las ruinas de un antiguo castillo normando del siglo XIII. Su construcción comenzó en el año 1,402 y se prolongó a lo largo de más de treinta años. Estuvo habitada por monjes de la orden hasta 1,820 y aunque se encuentra enclavada en un idílico y tranquilo paraje su situación en el camino entre Galway a Limerick la convirtió en escenario en varias ocasiones de paso de ejércitos y conflictos armados. Actualmente aunque se encuentra en ruinas con la mayor parte de las techumbres derrumbadas no da sensación de abandono, habiendo sido retirados desde hace mucho tiempo todos los escombros.


Junto a la misma se encuentran numerosas tumbas, por las inscripciones en las lápidas vimos que la mayoría eran enterramientos familiares de gentes de la región. Es costumbre de este país que las nuevas generaciones encarguen nuevas lápidas sobre las tumbas de la familia, vimos algunas de buen aspecto sobre las tumbas de gentes muertas hace muchas décadas. El interior de la abadía cerrado con verjas exhibe las tumbas de monjes que la habitaron y también de nobles del lugar.




Pasamos un buen rato caminando entre lápidas y leyendo las inscripciones... al igual que ocurre en nuestro país, probablemente por pertenecer a la misma tradición católica, los irlandeses no poseen la costumbre de otros paises norteños de convertir sus camposantos en jardines para celebrar pic-nics con la familia, no hay pudor por mostrar la realidad de la muerte y uno encuentra esas bonitas cruces de inspiración celta por todas partes. Lo que no vi fueron cementerios cerrados con muros o vallas para impedir el acceso... en España hasta los muertos necesitan de protección y allí ves a la gente viviendo alegremente en casitas con ventanas a ras de suelo sin verjas y con muros que separan los lindes que hasta un cojo podría saltar... el índice de criminalidad debe ser bien bajo.


El castillo de Bunratty y su parque “folk”.


Tras incorporarnos a la carretera nacional enfilamos diréctamente hacia Limerick. Sin embargo no era esta importante ciudad nuestro objetivo sino un famoso castillo situado a menos de 30 kilómetros de esta llamado Bunratty. No había leido nada sobre el mismo pero por lo visto fuera de Irlanda es bastante conocido y tras su reconstrucción en la década de los 50 se ha convertido en una atracción turística de primera clase. No contentos los irlandeses con su completa reconstrucción y su uso como museo que alberga una completa colección de mobiliario y utensilios de los siglos XIV al XVII se ha construido como anexo al mismo todo un parque temático folk donde se muestra lo que era la vida de los irlandeses durante el siglo XIX.




Nada más entrar en el centro de visitantes se muestran un par de carteles murales, en el primero se recrea lo que era la vida en aquella fortaleza en el siglo XV y en el segundo la batalla en la que los irlandeses al frente de los cuales se encontraba el clan de los O' Brian tomaron el castillo defendido por Sir Thomas Rokeby. Fue uno de los muchos asaltos y destrucciones que tuvo que soportar dicha plaza a lo largo de su historia. Construido sobre las ruinas de una antigua fortaleza vikinga, Bunratty fue edificado y completamente destruido en dos ocasiones, llegando a formar el núcleo de una población de más de mil habitantes, la actual construcción data de 1,425.


El coste de la entrada al castillo y parque temático me pareció abusivo, si bien era algo a lo que me estaba acostumbrando ya en Irlanda. Por una vez pude decir tras su visita que valía la pena cada euro invertido ya que había muchísimo que ver y fotografiar. El castillo está formado fundamentalmente por una ámplia torre, apenas quedan ya restos del recinto amurallado. Había al menos cinco pisos y cada uno de los mismos, incluyendo la planta baja, tenía cosas de interés que visitar. Allí en el comedor principal tengo entendido que se celebran cenas cada noche... aunque desde luego no nos íbamos a quedar allí para comprobarlo.




Nos dimos una buena paliza de subir y bajar por estrechas escaleras de caracol, la prohibición expresa de echar fotos con flash motivó que la mayoría de las mismas hayan quedado poco presentables para subirlas a internet aunque dan una buena idea de todo lo que hay allá dentro. Aunque hay que comentar que muy poco de lo que se ve expuesto estaba originariamente en el castillo... aunque sean piezas originales. Pudimos apreciar desde los lujosos dormitorios de los nobles hasta utensilios de cocina de la época, reconstrucciones de una cantina, el dormitorio del capitán... con armas y armadura incluidas, un enorme salón principal parecido a una sala del trono, tapices, enormes lámparas, artesonados de madera, una biblioteca que seguramente databa del siglo XIX. Es en verdad un lugar que merece la pena visitar, ya de por sí la visita al castillo valió la pena, pero no era eso todo.





Un túnel en el tiempo.


La verdad es que llegó un punto en que casi todo lo que veía me parecia lo mismo, y una vez explorado trabajosamente de arriba a abajo aquello no daba más de si, al fin y al cabo un castillo es eso... una fortaleza donde a pesar de los esfuerzos de sus constructores y habitantes no debió de resultar demasiado cómodo vivir. Fuera del mismo se extienden una buena cantidad de construcciones muy recientes que conforman diversos elementos de la arquitectura popular irlandesa del siglo XIX. Debidamente numerados y señalizados en la guía que nos daban con la entrada pudimos ver, inspeccionar y fotografiar la casa de un pescador, con su curragh y artes de pesca incluidos, la casa de un labrador, de un herrero, de un comerciante, una granja con su completa dotación de animales vivos... vimos cochiqueras con cerdos, gallineros, una escuela, una pequeña destilería-pub, la casa de un médico, la de unos terratenientes... casas completas donde no faltaba detalle, llenas de muebles y utensilios auténticos de la época, era como trasladarse en el tiempo a una localidad irlandesa de la época y convertirse en fisgón.





Comimos en lo que parecía un almacén, habilitado como auto-servicio. No quedaban prácticamente señales de nubes en el cielo... ojala hubieramos disfrutado de una jornada como aquella el día anterior. La comida estuvo amenizada por la presencia de abundantes bestezuelas... un enorme gallo acompañado de una gallina iba pidiendo de comer de mesa en mesa como si fuera un gato, a juzgar por sus dimensiones al animal no le faltaba comida. Numerosos gorriones y bandadas de cuervos, muy presentes a lo largo y ancho del país, completaban el conjunto de comensales que se auto-invitaban a la comida. Nos entretuvimos desde el comienzo al final en realizar numerosas fotografías... allí no había problema alguno con los flases de las cámaras.





Tras el descanso continuamos el periplo, casas y más casas de la época... hasta resultar cansino y repetitivo, aunque desde luego que no nos fuimos de allí con queja de no haber visto “cosas”. Por la calle principal de aquel pueblo ficticio hubo un momento cómico a cargo de un “policía” que patrullaba las calles y que se dedicaba a efectuar la “detención” de los visitantes que se atreviesen a beber en público... aunque se tratase de un simple botellín de agua, mi cámara y la de alguna otra compañera de viaje captaron con detalle el numerito. Ya casi al final y como colofón de nuestra visita al parque pasamos por una iglesia de estilo neogótico inglés traida desde no se donde piedra a piedra... el interior era muy austero como es habitual allí, a la salida de la misma algunas compañeras de viaje decidieron gastar una broma a otra y a un compañero montando una improvisada ceremonia nupcial... llovieron hojas secas y cesped en vez de arroz para completar la broma, que no quedaría ahí la cosa, y luego durante el regreso a Dublín via walkie-talkie y la noche que pasamos allí el cachondeo continuaría “in crescendo”.







Regreso a la noche dublinesa.


A la salida del parque de Bunratty y tras el inevitable retraso por la visita a la tienda de souvenirs de turno, ¿cuantos iban ya?, la lluvia nos sorprendió y nos obligó a volver a sacar paraguas y chubasqueros. Creo recordar que cayó una buena durante el regreso, afortunadamente la carretera era mucho mejor que la utilizada para la ida y disfrutamos de muchos kilómetros de autovía.


El reto de encontrar la vía de acceso al lugar de la ciudad que nos interesaba costó más de lo previsto pero al final llegamos a nuestro destino con el retraso que entraba dentro de lo previsible. De nuevo el hotel Ashling nos abría sus puertas para alojarnos en nuestra última noche en Dublín y de nuevo llegábamos a la capital irlandesa demasiado tarde como para pretender cenar en un pub... al igual que nuestra primera noche allí un supermercado nos sirvió para la cena, a base de refrescos y sandwitches... durante la cena la bromita a los dos compañeros, ahora llamados “chatina” y “churri”, continuó y hubo traje de novia, de novio, regalos, fotos oficiales y si me apuran hasta banquete ;-).


Había que “quemar” la última noche y fuimos directos a Temple Bar, no teníamos ninguna opción mejor y entre nosotros no había nadie que conociese bien la ciudad. Volvimos a la concurrida calle para ir de nuevo de pub en pub. En nuestra primera parada estuvimos en el local hasta que lo cerraron, acostumbrados a la noche española la hora de cierre de los pubs se nos antojaba muy temprana. Allí volvimos a disfrutar de música en directo aunque la calidad de la misma no había dejado de descender respecto a la primera noche que pasamos por allí... ahora no eran versiones, algo peor, un grupo que cantaba temas folk americanos y que parecían estar siempre tocando lo mismo... cuando el que creemos que era el dueño del local les acercó una bandeja con cervezas y accidentalmente, iba pedo perdido, derramó un par de pintas sobre el “pedal” del violín aquello fue cuando sonó de la forma más interesante... por un segundo pensé que andaban haciendo acoples al estilo Sonic Youth :-)... por desgracia consiguieron secar más o menos aquello y continuaron perpetrando aquel atentado sonoro que animaba el ambiente merced a la bebida y al ambiente de fiesta, aunque hubieran tocado “cucu cantaba la rana” les hubiera aplaudido igual.





Una vez terminada la música en directo allí ya no pintábamos nada, los empleados estaban realizando el tedioso trabajo de ir sacando fuera a la gente y poniendo un poco de orden... de modo que nos fuimos al local donde la primera vez nos marcamos unos bailes, allí tenían licencia para cerrar más tarde porque cuando llegamos, pasadas las doce, había todavía bastante animación. Otra ronda de bebida para mí y una sesión de baile y música para mis acompañantes, fue bastante cómico estar de juerga en un sitio donde los empleados que ya estaban empezando a recoger y ordenar el local atravesaban la improvisada pista de baile sin hacer el menor gesto... de nuevo la noche no daba para más. En una hipotética vuelta a Dublín ya me informaría debidamente de donde están los mejores pubs fuera del Temple Bar, esa calle atiborrada de turistas, música y borrachos a determinadas horas de la noche debería ser realmente la última opción y no la única para ir de copas por allí.


Vuelta a casa e impresiones finales sobre el viaje y el país.


Al día siguiente tomé mi último “Irish breakfast”, me vendría muy bien teniendo en cuenta las horas que pasaría sin comer nada. La vuelta para devolver los coches que habíamos alquilado se hizo a la perfección casi, parecía que justo a punto de volver a España comenzábamos a cogerle el tranquillo a eso de desplazarnos por Irlanda. Nos sobró incluso tiempo para dar vueltas y más vueltas por el aeropuerto viendo tiendas... lo que demuestra que la mayor parte de nuestras visitas a las tiendas de souvenirs en Dublín y distintas localidades eran totalmente inútiles, no vi menos variedad ni peores precios que en otros sitios. El vuelo fue tranquilo y se me hizo mucho más ameno que el de ida. El viaje desde Alicante también transcurrió sin problema alguno, en una estación de servicio aprovechamos para comer y “ajustar cuentas” entre nosotros ya que quedaban deudas pendientes que saldar por diferentes gastos. Allí pacientemente con la calculadora del móvil en la mano y papel y bolígrafo se desenredó la madeja y quedamos en paz. Nos despedimos y cambiamos las últimas impresiones sobre el viaje y el país.


Solo comentar como colofón que el viaje valió la pena, que lo malo, si es que tal cosa hubo, fue una ínfima parte de lo bueno, que lo pasamos muy bien y que el país nos gustó tanto a todos que nos hemos hecho el propósito de volver.


Destacar una vez más la belleza de sus paisajes, la amabilidad y cordialidad de sus gentes, el ambiente nocturno, la cantidad de música en vivo, la suavidad de su clima, su pasado histórico que te encuentras una y otra vez... y para terminar unas palabras de la introducción al país que vienen impresas en la guía del trotamundos que me compré antes de ir y que personalmente suscribo:


Y, si lo habitual es llevarse souvenirs de los lugares que se visitan, en Irlanda dejaréis un poco de vosotros mismos... No importa la patria, Irlanda es la patria del corazón”.






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